domingo, 8 de noviembre de 2015

Después de la Batalla de Ciudad Bolívar en 1903


Nicolás Rolando comandó la Batalla 
            Después de la sangrienta batalla de julio de 1903, comandad por el General Nicolás Rolando y  con la cual Cipriano Castro liquidó la Revolución Libertadora, Ciudad Bolívar quedó con su economía maltrecha y sus principales edificios impactados por el incesante cañoneo de los vapores de guerra, pero al año siguiente, 1904, demostró su gran capacidad de recuperación.
            Se imponía un lento proceso de reconstrucción y reorganización de la  ciudad y eso fue lo que trató de hacer el general Luis Valera, a quien Juan Vicente Gómez, con el visto bueno del Presidente Castro dejó, después del desastre, en calidad del jefe Civil y Militar del estado. Luego sería suplantado por el general Leoncio Quintana.
            Como no hubo espacio para tantos presos y muertos, se apresuró la abolición de la pena, y la fosa común en muchos casos. La ciudad o todo el sur del Orinoco estaba de luto y a propósito del dolor y la aflicción a un periódico local se le ocurrió escribir sobre el color que denota el sufrimiento en algunos pueblos.
         En Siria, por ejemplo, se lleva el luto color azul celeste, indicativo del lugar que desean los muertos; en Egipto el color es de hoja seca, que representa el fin de la vida; Etiopía usan es el blanco, denotativo de la pureza del difunto y en Europa como en América es el negro, privación de la luz de la vida.
            Estaban de moda las rimas de Gustavo Adolfo Bécquer y en esos días se recordaba sobremanera ésta: Al brillar un relámpago nacemos / y aun dura su fulgor cuando morimos / ¡Tan corto es el vivir!
            En circunstancias como ésta, evidentemente que nadie quiere estar enrejado en lugar promiscuo y expuesto a todos los males, de manera que muchos de los comprometidos, buscando liberarse de la situación, enviaron a Castro telegramas que publicó El Anunciador, periódico que estuvo catorce meses sin salir, porque su dueño, el general Agustín Suegart, nunca estuvo con la Guerra Libertadora. Era un castrista leal.
            Quien si fue capturado tras especular escondite, fue Ramón Cecilio Farreras. Capturado y sentenciado por un Consejo de Guerra, a degradación pública y diez años de presidio. Tampoco Merino Palazzi se salvo de la ira oficial y fue expulsado por decreto ejecutivo, pues, según el Gobierno, él era francés y no tenía porque entrometerse en los asuntos internos del país.
            Al final, Merino se las arreglo para no abandonar Guayana donde ya había echado raíces. Quien si viajó a Europa motu propio fue Domingo Battistini. Lo mismo hizo Carlos F. Schneider, al ver sus propiedades malogradas. Se embarcó en el vapor Whitney fijó su residencia en Hamburgo. Guillermo Dalton, socio de la Casa Dalton & Cia, no volvió más, pues murió en Nueva York ocho meses después de la Batalla de Ciudad Bolívar. Ese mismo año (16 de noviembre de 1904), falleció en Hamburgo, Adolfo Enrique Wappaus, quien siendo cónsul de las ciudades hanseáticas en Angostura construyó la llamada hoy Casa Wantzelius.
            Se reabrió la aduana, se reanudo la navegación, la caleta volvió animarse y la vida de la ciudad como la de los pueblos del interior comenzó a normalizarse. Los barcos Guanare, Delta, Masparro, Socorro, Manzanares y el Apure de la Compañía de Vapores del Orinoco, dependiente de la Casa Dalton, comenzaron a cargar y descargar en el puerto, menos el Whitney y la Verdad que naufragaron antes de que finalizara el año.
            El comercio se restablecía y las Boticas pasaban apuros pues la guerra había agotado casi toda la existencia. Para mayor depresión la Botica Boliviana, fundada en 1830, quedó destruida por el fuego. Lo que no le ocurrió durante el cañonero de la ciudad, le sucedió el 20 de enero.
            A las cuatro de la tarde se desató un incendio en esa farmacia de C. Scheling & Cia. Intervinieron en la extinción de las llamas, 200 hombres de las Fuerzas Armadas Nacionales utilizando picos, hachas, Baldazos de agua y cuanto fue necesario. Amenazados por el fuego que parecía extenderse a toda la cuadra, se veían los comercios del Blohm, Tomassi, Montes & Monch, Miguel A. Rodríguez y Boccardo. Gracias al derrumbe de algunos techos y paredes que sirvieron de contrafuego se salvaron del siniestro.
            El agua que la empresa del Acueducto puso a disposición no fue suficiente, decía una nota El Anunciador, y agregaba que las familias se lanzaron  a las calles buscando amparo, las azoteas parecían palcos teatrales, el humo invadía las calles y se condensaba en una nube negra y fétida. A las 10 de la noche cesó el fuego.
            Desde 1877, cuando ocurrió el siniestro de la Casa Blohm, la ciudad no había registrado un incendio igual. Entonces, se planteó por primera vez la necesidad de un Cuerpo de Bomberos.
            El 4 de abril del mismo año 1904, La Botica Boliviana, a cargo de Sherling y Urbano Taylor reabrió sus puertas, pero provisionalmente en el Edificio de las Cuatro Esquinas, al frente de su antiguo inmueble siniestrado.
            Las enfermedades comunes de entonces eran el paludismo el beriberi, la disentería, las venéreas y de la piel, en las cuales se especializaba el doctor Félix. R. Páez, quien además de prestar servicios en los Hospitales Mercedes y Caridad, tenía un consultorio en la calle Venezuela que atendía de una a cuatro de la tarde.
            Además de la Botica Boliviana estaba la Botica Vargas. Ambas expedían la “infalible crema del Dr. Auché contra la manchas de viruelas”; Zarzaparrilla y píldoras del Doctor Bristol  recomendadas para el hígado y la sangre; la “Panacea Esplendida”, combinación de varias sustancias vegetales capaz de “contrarrestar los estragos del veneno masmiático en el cuerpo humano.
            Otros medicamentos de la época eran el Chologogue indio, pectoral de Anacahuita, Aceite de Hígado de Bacalao, tónico orienta, agua de Florida de Murria, jarabe de vida, jabón curativo de Reuter, Tricofero de Barry, jarabe de rábano iodado, Hiposfofito de cal, jarabe de savia de pino, pastillas de jugo de lechuga y laurel, capsulas de quinina, Sándalo Midy y Vinos de pepsina y peptona.
            No había luz eléctrica. Sólo el Teatro Bolívar disponía por temporada de una máquina del la Electric Carnaval Coy, pero siguiendo la onda de los Zuloaga que utilizaban al río Guiare para producir electricidad en Ciudad Bolívar, los señores B. Tomassi, W. Monserrate Hermoso, Antonio García Romero y el inglés Harold Jennins estudiaban la posibilidad de hacer lo mismo con Salto Marcela.
            El Teatro Bolívar, al que también los bolivarenses llamaban Coliseo y Templo de Talúa, solía ser habilitado en efemérides para veladas artísticas. Así el 5 de julio de 1904, aniversario de la firma de Acta de la Independencia, luego de haber sido reparado de los daños de la guerra, se realizó allí una velada en la que la Banda del Estado, dirigida por Manuel Jara Colmenares estrenó regios uniformes. Acompañado al piano por H. Machado Guerra, cantó la señorita Mercedes Tovar, de quien se dijo guardaba un mirlo en la garganta. También cantaron la señorita Dalla-Costa y la señora de Bertrand y actuó como concertante de guitarra el joven Grillet Méndez quien era ciego.
            Las colonias francesas, alemanas, italianas y de los países bajos eran importantes en la ciudad y el día de fiesta de su país, la Banda del Estado tocaba música alusiva. El 14 de julio, aniversario de la Toma de bastilla, la Banda ejecutó La Marsellesa en el paseo La Alameda y acudió en pleno la muy activa colonia francesa. Lo igual había ocurrido el 8 de abril cuando G. Bernewitz, Vicecónsul de Dinamarca, enarboló la bandera de su país en honor al Rey Chistian IX, quien cumplía 86 años de edad. Era entonces el decano de los soberanos.
            Un mes después, Manuel Aristiguieta, estrenó su vals “Ciudad Bolívar: dedicado a Ginesita de Plaza Ponte. Lo estrenó en uno de los muchos pianos que entonces había en las casas distinguidas de la ciudad y que periódicamente venía desde Trinidad a reparar, Daniel Velasco, quien entonces se hospedaba en el Hotel Bolívar, no el actual, por supuesto, sino en el Hotel bolívar de Guillermo Eugenio Monch Siegart, fundado en 1900 en la calle Orinoco.
            Había en la ciudad un importante movimiento artístico que crecía al rescoldo del Teatro Bolívar y que un lunes 12 de septiembre decidió canalizarse a través de una agrupación. Tal la Sociedad Filarmónica que se inició bajo la presidencia de Rafael N. Gil. Lo acompañaban en la directiva: Hermenegildo Alcocer, Mónico Cordero, Pedro Lucas Lunar y Ramón Díaz. El Objeto era “reunir a todos aquellos que  posean el divino arte de la música, a fin  de proporcionar a nuestra sociedad actos de amena y culta distracción.
            Animadores de esta sociedad eran los veteranos de la Banda del Estado, especialmente su director Jara Colmenares Antonio Lauro (padre) ejecutante del bombardino y quien en 1917 tendrá un hijo homólogo que le dará renombre a Venezuela y Guayana y Guayana como Guitarrista y compositor de rango internacional.
            Antonio Lauro fundó el 26 de diciembre de ese año 1904 la Barbería Petit Trianon de Lauro & Galeano. El aviso anunciado el establecimiento decía: “Este acreditado establecimiento de Barbería y peluquería tiene el gusto de ofrecer al público los exquisitos perfumes que acaba de recibir de las mejores perfumerías de Europa y los Estados Unidos”.



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